La literatura es un arte: incomoda, acomoda, conmueve, remueve, abriga, congela, rompe, repara…
Como artesana del proceso editorial, debo decir que tengo claro que un libro (soporte del arte literario) es también un objeto que se comercia (gracias a lo cual, a mí me pagan por leer y dar mi opinión sobre manuscritos, por crear alguna página, por hacer la corrección de lo escrito, o –lo que más me gusta– por editar los mundos de palabras). No obstante, veo con tristeza que cada vez se le da más espacio a las ganancias (no para nosotros, los llamingos artesanos, claro) que a la razón de ser de las obras literarias.
En un comentario de un video que vi sobre este tema, una chica cuenta que algún profesor-tallerista aseguró (palabras más, palabras menos) que los libros se crean para los lectores y que los lectores de ahora son (somos) más simples, menos inteligentes, y que –por tanto– se deben escribir libros con esas características… No estoy de acuerdo (ni en esa calificación para los lectores ni en el tipo de obras que se supone se deben crear en estos días).
Ahora bien, no se debe confundir la simplonería netamente comercial (a la que aquel profesor recomienda apuntar) con la sencillez de una obra bien escrita, una obra que no requiera de artilugios rococó para sacudir intelectual y emocionalmente a los lectores. No es mentira aquello de que también puede haber arte en las cosas sencillas.
Por otro lado, ha de saber el mundo que las nuevas «herramientas» con las que algunos escritores (?) e ilustradores (?) están «creando» material literario son en realidad una peste de piojos cibernéticos que chupan la sangre de verdaderos artistas para luego, digerida y transformada en popó virtual, manchar papeles (o pantallas que simulan ser páginas) y cabezas de lectores incautos que, sin darse cuenta, también alimentan a los mentados piojos. ¿A qué viene esto? Pues a que cada vez son más los títulos de libros cuyos «autores» los escribieron «conversando» con la IA (o, directamente, ordenándole que escriba obras que luego estos «escritores» dicen haber leído y «editado»). Y cada vez hay más imágenes de cubierta que están siendo denunciadas como robo de propiedad intelectual, pues los tales «autores» toman obras de pintores, ilustradores o fotógrafos y las «pasan por IA» para no pagar los correspondientes derechos de autoría. Leer estos fraudes encuadernados (o kindleados) sí que puede volvernos menos inteligentes y, ante todo, menos sensibles.
2026/08/17
Sobre libros y lectores
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